Media mañana del lunes 11 de mayo. Para llegar hasta la Parroquia Cristo Obrero no hay que atravesar ningún desierto. Sí la canchita de fútbol desolada. Antes están el altar desteñido del Gauchito Gil y el puente de un solo carril. Se cumplen 46 años del asesinato del padre Carlos Mugica. En la iglesia vacía, el cura Guillermo
Torre prende velitas, pispea un retrato del papa Francisco, confiesa: “En un día normal esto está repleto, pero con el virus no se puede. Esta tarde doy misa por Internet.” El templo cobija los restos del santo patrono. Una pared tatuada reza: “Señor, sueño con morir por ellos: ayúdame a vivir para ellos”. Es palabra de Mugica. A mediados de abril, Silvana Olivera dejó de tener agua en su casa. Vive en un tercer piso, con sus tres hijos. Al tercer día de sequía tomó coraje, agarró unos baldes y cruzó todo el barrio hasta donde estaban los camiones cisterna. Las filas eran larguísimas. “Eso fue cuando se conoció el primer caso”. Cuatro semanas después, son más de 800: “Creo en las organizaciones sociales, en los lazos solidarios de los vecinos, en la militancia de base. Del gobierno de la Ciudad, olvidate”. El guiso nuestro de cada día lo prepara Alicia García en el comedor Arca de Noé, uno de los 68 activos en la barriada. La olla está repleta de fideos, zapallito, batata, zapallo grande, cebollita y carne: “De antes de la cuarentena extraño la charla con los vecinos. Ahora es cargar el tupper a distancia. No puedo ni darles un abrazo. Es que acá somos familia, ¿me comprende?”. No es santa ni se llama María. Karen Ferreyra Vela es trabajadora sexual trans. Lleva dos días sin comer: “En el comedor hay lista de espera, primero les dan a las familias con hijos”. En el pasillo suena un organito y el coro celestial cumbiero de Los Dinos: “Hasta el amanecer, haremos, haremos el amor”. Karen tira un beso al aire, susurra: “¿No tenés un sanguchito?”. Lorenza Martínez dice que ya no cree en milagros. Por eso resiste el desalojo en plena cuarentena. “Parece que no existo para el Gobierno, pero acá estoy, casa 215, manzana 12”. La costurera de raíces paraguayas mastica bronca atrás del barbijo casero. Ni Dios, ni la virgencita de Caacupé, ni el Estado le dieron una mano: “No, señor, no le tengo miedo al virus. Cuando vinieron del gobierno les dije que en una de esas, el virus me lleva. Pero de acá no me voy. Esta es mi casa. Así estoy luchando”. En el nombre de Ramona Medina, Víctor Giracoy y todos los vecinos de la 31. Amén.
Texto: Nicolás G Recoaro, publicado en la revista Rolling Stone.


